Yo dependo de ti.
Porque el hombre depende del amor.
En tu mirada esquiva,
en tus brazos lejanos,
encontraría mi última residencia:
donde soy finalmente levantado
en una luz poderosa como el universo.

Al despertar,
mi pensamiento te busca antes que al sol.
A ti corren mis bárbaros empeños,
queriendo recoger cada paso tuyo
en el cofre diminuto del corazón.
La noche no puede cobijarme
si no tengo ni una imagen tuya.

Te empeño ya, oh,
mi encandilada voluntad
–esa brújula extraviada–,
sin regateo ni queja: bien lo sabes.

Porque dependo de ti
como la esperanza de la nada.
Tú me das la duración cada hora,
como gotas que caen sutilmente
para lavar y nutrir.

Cada una de tus palabras es una promesa,
aunque las mías apenas te alcancen.

Y tejas y destejas mis ilusiones
como un dios sus criaturas.

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