La vida es un viento tan fuerte
que llega para rompernos los huesos. Bajo su soplo
temblamos de autocompasión porque le somos tan pequeños,
tan indefensos, como un rosal ante el invierno inmenso.

No respeta ningún límite preciso del cuerpo.
Así, en su fuerza descomunal nos arroja
hacía los costados del camino de la sanidad,
nos va replegando de frío, de vergüenza,
en círculos de arrepentimiento cada vez más estrechos.

Viento que llevas sonatas de perdición,
que esparces por doquier súplicas quejumbrosas
como éstas que con grandes trabajos existen,
en mi espalda eres un látigo que castiga a quien sólo confió:
el látigo siniestro de la total autoridad.

Vida, pasas hoy nuevamente sobre mí, como siempre,
sin siquiera saludar.