Cuando era niño nada me extrañaba tanto como los espejos. En ellos fui dejando cada día un poco del asombro del que era capaz, mientras me peinaba el cabello con una cruel partidura del lado del corazón.

Y allí, dentro de esa agua quieta del espejo, estaba alguien –tal vez ya ahogado–, poco o mucho: un ser opaco de ojos tristes como los ecos que barrían mi lejanía, flaco como el arbusto al que troncha el temporal y con los dientes chuecos –por lo que mi boca estuvo largos años clausurada.

Nuestras costillas dejaban ver, a pesar de la ropa, su figura de clavicordio fúnebre que nadie quiere tocar. Los hombros, que tan tarde perdieron la vergüenza a desnudarse, eran ya entonces caídos, sin saber que aún soportarían el destino espantoso de cargar en ellos la mitad sombría del mundo.

No quería mirarlo duplicar mis movimientos. Me provocaba asco. Sin embargo me era tan atrayente como la muerte, como el peligro, como el infierno en el que ambos nos consumiríamos.

Algunas veces creí saber quién era.

Pero muchas otras deseé de verdad hacerlo.