Cuando tus pies alrededor de mi cuello
trenzan mis triunfos
y entro así en ti,
presionando de improviso para el espasmo,
estoy ya obnubilado
por la locura del planeta que nos hechizó:
ese rútilo azul de la tarde
que señala la visita a la cama de la fornicación.
Intercambiamos salivas; y te muerdo más.
Despojo tu aliento,
y ya estás preparado
para recibirlo todo.

Minutos más contigo,
sopeso precio al fumar.
Y sé: el amor es bueno porque es libre,
aun cuando sea suma de soledades.

Ruego entonces
desconocer la comezón
de extrañarte sin ir a buscarte a los prostíbulos.
Que un rubor no me acuse
la falibilidad del comercio.

Otro día: igual animosidad.
Echo una moneda al aire.  Cae
de nueva cuenta al abismo
que gusta de llamarnos por nombre.
Ese espanto gozoso. Ese imperativo
de abandonar mis efusiones en alguien.
Luminiscencia luciferina.

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