Sombra el ave (2020) es un poemario que aprovecha y recurre a la estética barroca y su prolongación en el churrigueresco para proponer un itinerario por los pasajes cifrados del vuelo poético del autor. Dedicado a un puñado de presencias queridas, “Deseándoles que logren desentrañar la natura humana y, así, den alcance a su destino”, este libro fue escrito en diversos puntos geográficos entre 2002 y 2009.

Su prologuista Caleb Olvera Romero compara esta creación con “una catedral barroca desde la perspectiva de un albañil minimalista”, y es que el libro se funda en un intrincada arquitectura llena de metáforas provocativas que fermentan un compuesto complicado a propósito mediante artefactos lingüísticos, rebuscamiento, conceptos tomados de múltiples tradiciones culturales y una sintaxis profusa que aclara la idea al mismo tiempo que la oscurece en una dialéctica verbal, cargada de un hálito casi religioso entre lo profano y lo divino. En tanto, el arte de la portada, titulado “Alegoría a Rubens” de Eder Mir, un óleo sobre tela, alude muy bien a este espíritu barroco, pero posmoderno del libro.

La dificultad caprichosa del texto obedece en todo caso a una voluntad de expansión y a una consciencia de que las palaras, al estirarse, alcanzan a decir más de lo que dicen. En esta polifonía, la obra es comparable a un ser vivo, de sistemas raros, que funda y desfunda sus laberintos. Un espejo que a veces se opaca para dar noticia de una luz plural y texturizada, en la que caben las sombras. Esta voluntad mística que abre el libro sin embargo cabalga en los últimos momentos hacia una evocación de lo terrenal, como si tanto en el cielo como en el mundo pedestre (sin excluir al infierno) existiera la misma oportunidad para comulgar con la carne de la poesía. Y es cierto.

Tres grandes bloques forman el conjunto. El primero es “Palimpsesto por mar”, donde la religiosidad del texto es más notable, aludiendo a diversos paradigmas sagrados, pero principalmente al cristiano; sin embargo con la epifanía de que “quizá sea la blasfemia lo que salva”. En él predomina un tono exaltado, que busca su propio misticismo, prodigando palabras como joyas engastadas de otros tiempos para una liturgia personal.

El que le sigue es “Segundo episodio sin proezas”,  donde el erotismo se hace presente, sobre todo en el poema “Pleamar nocturna”, tomado de un pasquín denominado Cancionero de certidumbre sagrada, el cual recibiera la 1ra mención honorífica en los Juegos Florales de Ensenada “Luis Pavía López” en 2010; poema que reproducimos al final de esta nota. En esta sección, la escritura regia que gusta de buscar la expansión de sus alcances deviene más lúcida en sus floraciones, en su “Bulla trepidante” (título de uno de los poemas de esta sección) al fundar una “Cosmogonía” (título de otro poema) que declara el fuego como principio creador.

Finalmente, en “Silvar de ecos solares” el canto se adelgaza un poco más para nombrar las claridades de su “Hoy” y de su amor, como si se tratase de un “Acta de fe”, y seguir ensayando diferentes maneras de apalabrar lo barroco y rendir homenajes. Como, por ejemplo, al poeta Roberto Juárroz, “incólume conjurador y deslenguado”, a quien dedica el poema “al tiempo su mueca desdentada”. Así, termina la sección y el libro con esta brillante imagen: “tú inauguras el sol / con tu mirada.”

Alberto Romandía Peñaflor (Zapopan 1978), según su propia descripción en su libro, es “Políglota con formación en artes, ciencias sociales y humanidades, cronista del mundo

y del inconsciente, perro sin Dios y sin perro. Un par de premios y reconocimientos con fotografía, poesía y ensayo. Algunos textos dispersos en diarios, revistas, sitios web y antologías. Cuatro publicaciones: ensayo, etnografía y poesía. Padre de cinco hijos, huérfano de sí mismo.”

Pleamar nocturna 

Podía beber el jugo de tus mantos acuíferos
como bajando a la cañada el estival hilillo.
Era vasto el tósigo de tu pecho de anémonas
y eras tú toda risco o bien fondo marino,
calamar desmedido, afilar incesante de las
acres navajas, fragante remolino. Allá.

Tu sino –cual trébol– cuatro palmadas daba,
gráciles picotazos. Del oropel en tus
hombros calmos, parapetados, surgía un clamor del
esperanto alzado. Luego un júbilo beato (tu
vientre entrecortado) humedecía los cardos.

Ingrávido accedía el limo a ser conducto de
nuestras confidencias, para hacer realidad
ese filo del agua que sin tregua de mis labios
rebosa, y aún susurra sin turba mi canto hasta tu oído:

Sabe que ando de la gladiola al musgo,
de albatros a perdiz, llevando este sonido
con el que me agrediste, lanceolada gaviota:
golondrina de espuma. Y es que gracias a ti,
acacias y mimosas fluyen al río con la misma
sonrisa, en una franca fuga de todos los aromas.

Los recuerdos umbríos me estocan hoy la
cresta, como fálicos juncos, cual luz del mar
inmensa. Abanican raudos al vuelo ecos distantes de
noches calcinadas y de caricias rotas. Abruma al
alma mía el negro endrino azul y esta vida rampante
–llamarada lampiña– surca inciertos lamentos, pírricos
Placeres trasquilados, e igual que incienso mórbido
me habita una miseria: histeria sorda a gritos, oleaje casi muerto.

Mas de entre el cementerio siguen brotando
dalias, y deambulan soberbias por mi pardo
recinto, se estampan en mi frente y presagios
lunares pululan como estrofas en marcha sin igual:
aquella lengua muerta, divina, exuberante,
pececillo operario del reino universal.
El autor

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