Pubertad con sabor a vértigo
y piel de frutos cordiales,
entraña que se sacrifica adentro del colegio
y regresa rápido a casa por estar a solas:
piensas en él cada hora;
ese hombre mayor
que te lleva en las autopistas de la fabulación
en un carro rojo
a abrir su billetera en las tiendas.
Y al que quieres…  a tu modo.

Él podría raptarte.
Sería quien restaure el hogar;
y regrese en la noche
justo a la hora en que el amante
confunde al amado con un dios.

Lo imaginas interesado.
Esperarías que dieran las cuatro,
para irlo a buscar
y cruzar la ciudad de su mano.

Él no es más que un hombre modesto,
que cultiva un ciruelo
y limpia los baños donde has rayado
una copa que recoge la sangre de un pecho.

Mas lo quisieras tu maestro para la vida,
del que serías la sombra.
Un vigor tutelar:
no una espina que da una nota de pavura
al rosal de tu corazón
al que impiden tocar,
al que impiden tocar.

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