Como tal, el vampiro literario hace una revolución a partir del deseo, oponiéndose a una racionalidad que a veces nos parece estéril y sin goce. Porque las pasiones son fuerzas que regresan todo el tiempo de la represión y el deseo es una fuerza inmanente que reside adentro de todos los seres humanos. El deseo del vampiro representa, pues, una corriente anárquica, salvaje e indomable, que contesta a la razón occidental. Porque el deseo es también una energía productiva, un reservorio de potencialidad y devenir, una fuerza vital que impulsa creaciones siempre nuevas que no necesariamente obedecen a la funcionalidad y pueden escapar fácilmente a la sistematización. El deseo no respeta límites. Si no en la existencia concreta, al menos en el mito tenemos esa oportunidad de aliviar esas ansiedades conflictivas que el deseo nos impone, para realizarlo plenamente.

            La sexualidad, ese tema obsesivo de la humanidad, es una base estructural del vampirismo. Tan sólo de allí podría desprenderse un carácter universal de su literatura y su vigencia a lo largo de la historia. La sexualidad del vampiro no es, en absoluto, como podría parecer, completamente rudimentaria, animal o instintiva, sino que es también sublime, ya que es la representación de actitudes refinadas como la seducción o la dominación: es una metáfora de la sexualidad no sólo liberada, sino cultivada. Básicamente, el mordisco del vampiro es por si mismo sugestivo ya sexualmente, puesto que tiene lugar en una zona del cuerpo especialmente sensitiva y táctil, una zona erógena como es el cuello. Este mordisco, en el que la incisión de los colmillos recuerda una penetración fálica, puede manifestarse en formas heterosexuales, bisexuales u homosexuales, y sin otro fin que el del placer. Hay incluso quien piensa que, así, satisface la búsqueda utópica de un tercer sexo que alivie las tensiones que la modernidad introduce, a manera de escisión, entre los géneros determinados históricamente, y regresa la sexualidad humana a su cualidad plástica original. Su forma de perpetuarse a través de la mordida trasciende igualmente la experiencia heterosexual hegemónica en un acto exento igualmente de limitaciones de géneros. La sexualidad del vampiro es asocial, desligada en primer término de la procreación, trasgresora y heterodoxa. Es una sexualidad tanática, terráquea y nocturna. Pero la sexualidad del vampiro es más difusa que el mero mordisco y se inscribe también en la mirada, el pensamiento telepático y la suscitación del deseo por la seducción. A nivel de corporalidad, alejada de la procreación y la vida, y circunscrita a la boca y la dentadura, no puede ser sino, a la vez que sublime, también paradójicamente primitiva e infantiloide. Quizá la sexualidad del vampiro sea una simbolización de la sexualidad prohibida en general, y más de las formas tabú del contacto oral. El tema del vampiro reluce como uno de los más fructíferos ejemplos de la autosatisfacción perversa y la pasión narcisista que se centra en la espectacularidad de las maneras de hacer sufrir.[1] El erotismo como un acto profundo de rebelión.

            Estas consideraciones acerca de la sexualidad y el erotismo como temas que el vampirismo literario disimula a veces, pero a la vez revela tan fuertemente nos recuerdan acaso que el erotismo es el problema humano quizá más misterio y más general, según pensaba Bataille; pues “para aquel que no puede eludirlo, para aquel cuya vida se abre a la exuberancia, el erotismo es el problema personal por excelencia. Es, al mismo tiempo, el problema universal por excelencia”,[2] al ser, sin considerar a la experiencia mística, “la cima del espíritu humano”.[3]

            En la escritura vampírica el cuerpo es un espacio simbólico de cardinal importancia, toda vez que en él se inscribe el terror y la trasgresión. Desde el cuerpo del vampiro que resucita salvándose de la corrupción y regresa al mundo de los vivos a aniquilar gente, hasta el cuerpo de la víctima que es vaciado de sangre para alimentar el ansia incontrolable del vampiro. De este modo el cuerpo cumple con la función estética delatada por Francois Duvignaud de ser “instrumento e intermediario del horror”,[4] pues “los grandes miedos deben asumir un rostro para poder imponerse a las multitudes, provocar otras imágenes y arraigarse en la fantasía”.[5]


[1] Duvignaud, Francois (1987): El cuerpo del horror. FCE: México, p. 155

[2] Bataille, George (1997): Op. cit., p.

[3] Ibídem, p.

[4] Duvignaud, Francois (1987): Op. cit., p. 22

[5] Ibídem, p. 104

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