Como un potro salvaje
eres,
que devora la hierba pequeña de mis actos,
que bebe de las aguas inquietas
de mi placer
y cuyas pisadas se han quedado grabadas
como hierros candentes en mi corazón.

Somos ramas del mismo árbol cuyas hojas,
ebrias de savia, nunca caen
y a cuya sombra se acercan dorados niños
a cantar coros de alabanza a la tierra.

Soy para ti
un sudor abundante,
que escurre por tu torso
mientras trabajas;
y como un pozo de agua fresca y risueña
en la que, desnudo, nadas.

En tus manos
he sido un arco siempre en tensión
apuntando hacia la eternidad del cielo.

Y tus pisadas
van trasfigurando la uva roja de mis entrañas
en un mosto espeso, dulce y aromático
que bebes
para comulgar con otros hombres
en la festividad de las cosechas.

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