Desde la antropología filosófica, Ernst Cassirer coincide también en que, de todos los fenómenos de la cultura, el mito, al igual que la religión, es uno de los más refractarios al análisis lógico;[1] y encuentra que la materia, temas y motivos del pensamiento mítico son inmensos[2] pues no existe fenómeno natural ni humano que no sea capaz de ser elaborado míticamente: por ello, como otros autores observan, los antropólogos y etnólogos se han sorprendido de encontrar los mismos pensamientos míticos elementales repartidos por el planeta en las condiciones sociales y culturales más diversas. También coindice en que la interpretación del mito no puede ser científica dado que no es una construcción completamente teórica, aunque la filosofía históricamente haya desarrollado técnicas especiales y muy refinadas de interpretación alegórica. Para los partidarios de éste método, todo mito posee un núcleo de realidad última en donde un fenómeno natural se entreteje a una fábula que lo cubre y disimula a veces por completo.[3] El autor critica la teoría psicoanalítica que piensa que las creaciones míticas no son sino la variación del tema de la sexualidad: opina que esta comprensión supone una reducción intelectual que constriñe y mutila constantemente los hechos míticos.[4]      

Nos dice también que el mito combina elementos teóricos con  creación artística, por lo que llama mucho la atención su parentesco con la poesía. Así el mito ofrece una estructura conceptual, por una parte, y por otra una perceptual; y la organización de sus ideas depende de un modo definido de percepciones. Es necesario acercarnos a esta capa profunda de percepción para poder comprender el carácter del pensamiento mítico;[5] y así las cualidades afectivas muestran todo su poder en la percepción mítica, las cuales se consideran como elementos básicos de la realidad.[6] El mito así está lejos del dogma y tiene una cierta movilidad, pues por su análisis no llegaríamos a aprehender su principio vital, dinámico, posible de ser descrito sólo en términos de acción.[7] Sus contenidos irracionales, prelógicos y místicos constituyen la premisa de donde parte su interpretación, pero no el modo unívoco de interpretarlo. No se haya desprovisto de sentido o razón, pero su coherencia depende en un grado mayor de una unidad de sentimiento que de reglas lógicas; esta unidad es uno de los impulsos más fuertes y profundos del pensamiento primordial.[8] El mito brota de la emoción. Y en modo alguno le falta capacidad “para captar las diferencias empíricas de las cosas, pero en su concepción de la naturaleza y de la vida todas estas diferencias se hallan superadas por un sentimiento más fuerte: la convicción profunda de una solidaridad fundamental e indeleble de la vida que salta por sobre la multiplicidad de sus formas singulares.”[9]

Para el sentir mítico y religioso la naturaleza se convierte en una gran sociedad, la sociedad de la vida. El hombre no ocupa un lugar destacado en esta sociedad; forma parte de ella pero en ningún aspecto se halla situado más alto que ningún otro miembro (…).

     En cierto sentido, todo el pensamiento mítico puede ser interpretado como una negación constante y obstinada del fenómeno de la muerte. En virtud de esta convicción acerca de la unidad compacta y de la continuidad de la vida el mito tiene que eliminar este fenómeno; la religión primitiva representa la afirmación más vigorosa y enérgica de la vida que podemos encontrar en la cultura.[10]

No podemos fijar, en el desarrollo de la cultural, dónde cesa el mito y comienza la religión; toda religión contiene indisolublemente elementos míticos; de igual modo el mito, aun en sus formas más rudimentarias, alberga motivos que anticipan los ideales religiosos superiores. El autor nos dice que el mito es religión potencial y lo que conduce de un estadio a otro es una revolución en el sentimiento.[11]


[1] Cassirer, E. (1967): Op. cit., p. 66

[2] Ibídem, p. 66 y 67

[3] Ibídem, p. 67

[4] Ibídem, p. 68

[5] Ibídem, p. 69-70

[6] Ibídem, p. 71

[7] Ibídem, p. 72

[8] Ibídem, p. 74

[9] Ibídem, p. 75

[10] Ibídem, p. 75 y 76

[11] Ibídem, p. 79

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