Debo confesar que eres, ya, una esperanza
que se bebe despacio por la sinrazón
del caudal tibio y ancho en que fulgura
un concierto de chispas y beldades.
Lo siento como una fiesta tranquila de colores. Es leche
que destila de tu rostro hace poco imberbe:
una certeza de hacer el bien.

Aspiración. Alegría. Un regalo
encontrado que debe repartirse. ­
(Estas palabras apenas sueltan el polen deseado
en el despertar de simpatías reunidas
para la manifestación de lo diáfano:
el ser que comulga.)

Por suerte acerté tus ojos: nobleza;
su mirada como un campo que alguna vez se revuelve.
Y estaría dispuesto a regalarte mi corazón
en la confianza sin cláusula
de quien participa del pan de las almas
danzando en el viento suave,
el buen vino de los días multiplicado en la sangre.

Nada soy que no serías por ser humano.
Te levanto en mi corazón
para amarte más de cerca, profundamente agradecido
por tan sólo haber figurado en el camino.