Hablar del ensayo como género literario delimitado es una empresa un tanto difícil, toda vez que, el ensayo, como su nombre supone, debería ser siempre una aventura, un acercamiento a la interpretación de la realidad fuera de todo canon o precepto, y por tanto regido casi enteramente por la subjetividad de quien escribe sus conjeturas, inquietudes y elucubraciones sobre el mundo y sus elementos. Es una especulación abierta y ofrecida a la reflexión, la crítica y aun a la refutación sistemática de sus argumentos.

Los orígenes del ensayo se podrían situar desde el nacimiento de propia filosofía en la Grecia clásica con las reflexiones de sus grandes pensadores sobre la naturaleza y el hombre que, por su atrevimiento en hurgar en los mecanismos de la relaciones de los objetos materiales e ideales, forjaron el inicio del pensamiento científico que ha permeado poderosamente el ideología del hombre desde entonces. Y aunque muchas de sus primeras explicaciones han sido ya superadas, son de gran importancia por su atrevimiento por descifrar esa maraña de correspondencias que es el universo. Acercarse a la verdad, tantearla por los bordes, probar su consistencia, vislumbrar siquiera un atisbo de su estructura, penetrar en su cuerpo misterioso todo lleno de incertidumbre: esa era la misión primordial de los que podrían ser considerado como los primeros ensayistas. El movimiento de los cuerpos, la existencia del alma, el origen de la vida, la luz, el amor, la divinidad y el arte fueron algunos de los primeros temas tratados. El ensayo está así estrechamente vinculado al mundo de las teorías, y ha ayudado a los grandes científicos y humanistas a dar expresión a sus aportaciones intelectuales. Su cultivo ha gozado de un gran prestigio histórico por ser vehículo de las grandes reformas y revoluciones de la visión de mundo.

Argumentan algunos autores como Souto y Urello que éste es un “género híbrido” en el que el rigor del pensamiento científico y la audacia y encanto de lo literario se funden fraternalmente. A través de él pueden ser tratadas cuestiones específicos desde un enfoque u otro. Lo medular consiste en la actitud con que sea abordado. El escritor en un ensayo literario deberá ser original en el manejo de su tema, crítico hasta lo posible, claro en sus proposiciones y agradable en su estilo; porque no se trata de la mera exposición de conocimientos nuevos: debe haber algo más, algo que persuada. Los grandes ensayistas deben muchas veces su fama al carácter radical y hasta polémico con que dan tratamiento a sus temas y los problemas que estos presentan. Hay, entonces, una exigencia de experiencia y madurez para el autor. Lo “híbrido” planteado en torno a la naturaleza del ensayo es la confluencia de su imaginación y su razonamiento, facultades que parecerían opuestas, pero cuya unión se resuelve con la habilidad del escritor. Los dominios del ensayo son tan amplios como el mismo mundo… y debería oponerse a todo dogma, ya que el ensayo no puede aspirar a dictar verdades irrevocables, si no a inquietar las mentes proponiendo y promoviendo maneras de pensar sobre determinado objeto de análisis. El ensayo comparte, así, con la ciencia su necesidad de exploración y su afán de búsqueda; con el arte su intensidad y la elocuencia de su expresión.

En ensayo es, pues, un indicador de las pasiones y motivaciones del hombre en su búsqueda por respuestas ante las incógnitas; por lo tanto nuestro acercamiento a él es indispensable para entender la historia de ideas modernas, motor generador de los avances y retrocesos de la humanidad en su perpetua búsqueda de perfección.