Todo su cuerpo es un pie
que va pisando
los lagares de mi piel caliente y ofrecida,
que danza sobre las brasas de mi deseo
y gotea bálsamo
sobre cada herida abierta de mi cuerpo.

Su imagen vive encerrada en mi memoria,
jalándome el sentido,
dejándolo lacio
como boscaje después de la tormenta.

Para hablar de él
tendría que encender incienso,
hacer sonar cascabeles finísimos,
levantar mi rostro
hacia el rincón más puro del día.

Todo su cuerpo es un pie, que camina descalzo
por los corredores de mi mente,
y presiona mi pecho
para que pueda gozar
un delicado instante de sometimiento.

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