Quisiera regresar a nuestra adolescencia como un peregrino que volviera a su hogar después de haber visto, conocido el mundo, y encontrara su huerto intacto, la mesa servida con trastos relucientes, frutos aromáticos, espesos licores. Volver a los tiempos en que tú y yo caminamos de la mano bajo la frondosa protección de las higueras y las calles se ensanchaban de sólo vernos pasar. Yo te llevaba a casa de tu madre, entrada la madrugada, y al despedirte daba en tu mejilla un beso, como quien da una moneda a un menesteroso. Sí, nos necesitábamos tanto; pero nos teníamos el uno al otro, hermanos de pereza dulce y de blandura.

Tiempos en que dormíamos en la misma cama: tú con un gesto severo, como quien cumple un deber al soñar; yo tomando tu brazo por almohada, explorando el sendero capilar que va de tu ombligo a tu sexo, en sigilo, para no despertarte. Tiempos en los nos acariciábamos con una sonrisa, con una palabra tardíamente infantil, practicando el amor que empezábamos a conocer.

¿Pero quién es capaz de volver al antes? ¿Qué magia, qué poder o divinidad nos lo permitiría?

Tiempos cuyos ecos no me abandonan nunca: embriagueces de sol bajo la tarde calmosa, charlas apacibles en el cuarto colmado de languidez, ademanes sensuales para las horas de ocio, tiernas baladas quebrando el silencio nocturno, juegos sudorosos para medir la alegría, humaredas de marihuana saliendo de nuestras bocas que gustaban de experimentar, y más cosas buenas, irrepetibles: tiempos que resplandecen como un lívido árbol de luz constelado de pájaros que tiernamente se meciera en medio de la memoria.

Ay, quisiera abrazarte y que se congelara el instante: que por la infinitud nada volviera a cambiar entre nosotros y nada volviera a separarnos.

Detener el tiempo para tenerlo como a un juguete, sólo para nosotros.