Desde mi pequeña muerte cotidiana declaro que me gusta fumar: es uno de los pocos placeres que me quedan con vida todavía.

El cigarro es como un caramelo para un adulto verdadero, que ha asumido a la muerte como única meta posible, digna por su propia existencia. ¿Cómo no podemos fumar quienes la amamos?

Alabado sea el cigarro donde quiera que esté. Su humo eleva mis plegarias por sobrevivir al difícil mundo de mis ensueños, al conflicto permanente con el deseo, a la aguja que me clavo en la nuca cuando me recuesto en el pajar buscando comodidad.

(“Debes crear un estilo nuevo para cada libro, un nuevo concepto.”) Llevo ya media década haciendo, histéricamente, poema tras poema, obstinado como una polilla en una falsa luz, en una ventana cerrada, sin saber qué realmente deseo
para mi mala fama, para ser recordado por… ¿quién?

Es difícil esta vida sin al menos un vicio. Y uno de los míos ha sido ese ídolo de poetas enfermizos, que mata a tantos y tantos miserables como la mano de una enfermera compasiva y solícita, piadosa a más no poder.

No se diga más.