¡Cuánta poesía de la soledad!…

Este invierno es de verdad patético. Del tejado se desliza una persistente gotera que se en el suelo forma un espejo para mi tristeza. No hay música; y hay tan poco movimiento que podría apostar a que todo es una acuarela tenebrosa en la que han olvidado pintar un poco de sol. En los libreros una araña desciende lentamente y yo la miro, obsesivo, por no tener algo mejor qué hacer.

Hurgo con lámpara tambaleante en busca de los libros que me hacen llorar porque sí. Las ventanas están tapiadas de escarcha y ya es necesario deshollinar la estufa otra vez. No suena el teléfono; nadie se pregunta si tengo hambre o si es que sobreviví a la neumonía. Ni siquiera hay luna. Los belfos que triscaban el lodo se han entumecido. Y el termómetro está a punto de bajar a cero.

¡Cuánta poesía del dolor, del miedo!…

Al deshojar el calendario, encuentro que el año que se fue se ha llevado lo mejor de mí: las ganas de estudiar, de despertar con el sol, de empeñarme en algo todavía…

Pero me ha dejado algo para escribir.

Y “escribe un poema”, me digo. Como si con eso fuera a enderezar el árbol torcido de mi vida, a enderezar el eje del mundo inclinado hacia el infierno.