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Sueño húmedo

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El agua. El agua que resbala por las caderas
no soporta la risa del amor cantando
el encuentro de la realidad con su propia fantasía.
Y cada melodía que duerme escurre melazas tibias
que llaman a la lubricación y al desborde,
porque en el roce de tu pelvis con la pelvis de la almohada
germinan palabras suculentas,
dádivas de luz, manglares penetrables
para el ritmo concéntrico de tu ansiedad.

Tu aliento gime,
hacia el anchuroso mar del deseo, su vaivén de dedos
y el glande henchido con las consonancias
propias del secreto y la convulsión.
Lo demás, ese rumor dilatado,
es la sal que espera ser expulsada al mundo.

No hay más que esponjosas respuestas sin pregunta,
un delirio apretado al palpitar de un éxtasis,
una explosión de magia,
abismo hacia adentro de la dicha.

No esperes a que el día toque las ventanas de la ciudad.
Porque ya amanece así sobre tus sábanas.
Respira cada vez más rápido, más rápido,
y ya llega, ya está aquí: es el semen…
el semen. (Otra vez el semen.)