Por Adriana Velasco Ortega

Ganadora del tercer lugar

Las vacaciones llegaron a mi corazón como el cantar de las sirenas, y como siempre me llevaron a mi perdición.

El destino fue una playa abrazada por un manglar y con conectada de corazón a una laguna. El hotel se había quedado lejos, igual que las antenas de teléfono y la señal wi-fi, cada comodidad fue desechada por conciertos de nocturnos, fogatas de día y noche, pescado recién salido del mar, ruidos de sexo y un poco de marihuana.

Decir que me abandone a los placeres ofrecidos es poco.

El sol, el agua salada y la arena caliente envolvieron por completo mi cuerpo, no existía nada más que el ahora, comida mezclada con un poco de arena, tranquilidad y confort.

La partida cada día se acercaba, las sirenas cantaban más, me susurraban al oído, revoloteaban en mi piel que se iba calentando, sin dar tregua, hasta que la partida llego, las sirenas abandonaron mi cuerpo, el placer y la dicha se iban alejando conforme me acercaba a la ciudad.

Y ahí caí en cuenta, las sirenas tenían la culpa.

Mi piel atrapada entre la felicidad y el sol, se levantaba en un rojo de huelga, hinchada y sensible me recordaba que era un mortal que disfruto como un Dios. Un mortal que pronto tendría la cara oscurecida y sufría con cada toque en todo el cuerpo.