Por Asmara Pereyra Rojano

Ganadora del segundo lugar

No hay mayor mentira que señalar con gran espíritu de buenas nuevas, que en el mar la vida es más sabrosa. Lugar común para quienes desean despejarse de la cotidianidad de sus mísero existir. Ni una más, me dije, cuando aún portaba mi poco ordinario traje de baño.  Caminaba entre las suaves olas que se dedicaban a acariciar mi piel desde los extremos: Ni madres, estaba con tierra hasta lo más profundo de mis cavidades, todo por una buena arrastrada que me propinó una ola que se dedicó a perseguirme, sí, soy paranoica y qué.  La cuestión es que con todo ello a cuestas, mi traje de baño por demás estorboso, con grandes volúmenes desproporcionados y rasposos en el interior, me obligó a tener un nuevo acercamiento con las olas que sólo esperaban mi regreso. El sol hacía lo propio desde las alturas. Tenía horas, desde que salí del hotel, que mi protección química había desaparecido entre la sal del mar y la arena. Así que mi piel, rozada ya de por sí, comenzaba a arder de lo lindo y yo, toda una nobel en el asunto me decidí a enjuagarme en las aguas por demás turbulentas de esa playa donde flotan… ¿goggles? Tal vez estoy delirando entre tanto calor, sudor y malestar.  Mi vista no me engañaba, un bello color azul sobresalía de la superficie y yo, ni tarda ni perezosa me acerqué con gran emoción a tomar, con avidez, el material azul que flotaba con esplendor.

El contacto con el material fue eléctrico. Un ardor aún mayor que el previo fue el detonante para observar con mayor detenimiento el objeto que tenía en mis manos. Tentáculos, una bolsa casi transparente y mi estupor que aventó, sin miramientos, la medusa o agua mala, que se había enredado en mis extremidades.