El hombre que amo
tiene la cara como un sol
de vez en cuando atravesado
por la nube de un pensamiento:
¿Qué será de sí
cuando no pueda agasajarlo con mis labios,
con mi palabra tendida sobre su cuerpo
como una red insalvable?

No hay dos como él.
Sus miembros, su torso
son los de un espécimen ejemplar.
Es fuerte como bien me gusta
y me hace montarlo
para correr con celeridad
las horas inquietas de la noche,
venciendo tormenta y oscuridad con nuestro fuego:
mi heroico corcel hasta el amanecer.

Huele a trabajo.
Y a veces a ron:
los días de fiesta en que nos amamos mejor
y me emborrachan su saliva
y nuestras sonrisas
que sólo paran para besar.

El hombre que amo tiene ojos sinceros.
En ellos siento caer
más allá del amor
y más adentro de su carne.
Hasta la unidad.

Su desnudez es regalo de dioses, manjar inagotable.
¿Qué será de mí
cuando ya no pueda enamorarlo con mis versos?

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