Aleksei Losev, filósofo ruso, también se ocupó del mito. Él concibió a éste como una realidad concreta, “intensa al máximo, tensa en grado supremo”; no una ficción sino “la realidad más auténtica y viva, una categoría del pensamiento y de la vida absolutamente necesaria, distante de toda casualidad y arbitrariedad.”[1] Destaca también la raíz afectivo-emocional del mito, por eso no es una idea ni concepto: “Es la vida misma. Para el sujeto mítico esto es la vida verdadera con todas sus expectativas y temores, con sus esperanzas y desesperaciones, con toda su cotidianidad real e interés puramente personal.”[2] Descarta que el mito sea una construcción precientífica, sino más bien lo caracteriza como una comunicación recíproca entre el sujeto y el objeto, comunicación que tiene su propia regularidad, veracidad y autenticidad extracientíficas.[3] En cuanto a su estructura, no es ni sólo un esquema ni sólo una alegoría, si no ante todo un símbolo que puede contener estratos esquemáticos, alegóricos y simbólicos complejos. Para él, al igual que la poesía, el mito no es solamente expresión inspirada y animada, sino inteligencia; en él vive un mundo espiritualizado.

El mito, de esta manera, conjuga en sí los rasgos de la realidad poética y de la existencia cósica real. De la primera todo lo más fantástico, inventado, irreal. De la segunda toma lo más vital, concreto, sensible, real; toma para realización y tensión del ser, toda facticidad y corporeidades espontáneas, toda su naturaleza no metafísica. Lo fantástico, lo desconocido y extraordinario de los acontecimientos se da aquí como algo simple, palpable, natural y hasta verdaderamente ingenuo. Esto sucede como si fuera algo corriente y cotidiano.[4]

Esto es lo que para él constituye la capacidad dialéctica del mito. No es pues una invención fantástica o una ficción como ya bien señalamos, sino una categoría dialéctica de la consciencia y del ser en general. Ni una idea “sino la realidad material vitalmente sentida y creada”. Y tampoco es la poesía. Sino la compenetración orgánicamente compenetrada e inseparable de una esfera intuitivo-instintiva y una primitivo-biológica.[5]

            Descarta que el mito sea dogmático, en el sentido de que el dogma supone un principio de experiencia religiosa que en el mito puede no existir, en el caso de la ciencia o el arte. Tampoco lo es porque el dogma es siempre un tipo de reflexión sobre la experiencia religiosa, en cambio el mito en ningún sentido es reflexión: sino “una apariencia, una realidad directa e ingenua, una visible y palpable esculturación de la vida”. Aunque precisa que el mito no prescinde de la reflexión, sólo que no hay en él más reflexión que en cualquier percepción habitual de la vida cotidiana. Y, finalmente, porque el dogma es un mito racionalizado y absolutizado, posible sólo como valorización y valor ante todo, una afirmación de verdades eternas opuestas al fluir temporal, material e histórico de los fenómenos. En mito, contrario a esto, según la opinión del filósofo, es puramente fáctico.[6]


[1] Losev, Aleksei F. (1998): Dialéctica del mito. Universidad Nacional de Colombia: Bogotá, p. 14

[2] Ibídem, p. 17

[3] Ibídem, p. 19

[4] Ibídem, p. 57

[5] Ibídem, p. 64

[6] Ibídem, p. 90

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