Haremos ahora una semblanza de algunas opiniones que el Psicoanálisis, como ciencia del estudio de las estructuras profundas de la mente, tiene del mito, con el fin de apreciar la importancia que tiene el mito para la configuración de la cultura y la vida del hombre, y así justificar el estudio que hacemos aquí del vampiro.

El Psicoanálisis no sólo es aplicado al campo de la clínica individual sino también al ámbito social de la cultura; el fundamento de esto reside en que “existe una analogía esencial entre la estructura de la persona y las organizaciones sociales y las creaciones del espíritu” (Rosenthal).[1] En el estudio de estas estructuras y productos humanos colectivos el mito tiene una importancia fundacional. El mito es más antiguo que las civilizaciones y sus problemas irresolubles. Como refiere A. Colombres, el mito “no es sólo hijo del deseo, sino del horror al vacío, del sentimiento de intrascendencia y fugacidad”.[2]

En la dinámica e interacción del mito con la psique humana intervienen dos mecanismos descritos por Freud: la proyección y la identificación, puntos básicos de contacto entre el mito y la personalidad humana, que permiten la persistencia de un sustento mutuo. La proyección es la operación “por medio de la cual el sujeto expulsa de sí, y localiza en el otro, cualidades, deseos, sentimientos, incluso ‘objetos’ que no reconoce o rechaza en sí mismo. Es una defensa de origen arcaico que actúa (…) en algunas formas de pensamiento normales, como la superstición” (Laplanche y Pontalis).[3] Gran parte de la concepción mitológica del mundo, incluyendo las religiones modernas, no sería otra cosa que “psicología proyectada al mundo exterior”.[4] Es importante señalar que el hombre proyecta a su exterior no sólo partes de su propio yo que son sentidas como destructoras, sino también partes valiosas y buenas (Klein).[5] Estas quedan disponibles en el mito, especie de reservorio al que el hombre puede acudir con cierta facilidad. La dirección de la proyección es, pues, del sujeto al mito. Por su parte, la identificación es el camino de vuelta del mito a la personalidad, por medio de la capacidad vincular de ésta. La identificación permite al individuo acudir al reservorio del mito y tomar para sí, como propios, ciertos elementos de éste. El mito tiene para la personalidad un carácter estructural. La personalidad toma del mito no sólo elementos simbólicos, sino también pautas o prohibiciones específicas que modelarán la forma del individuo y de su cultura. Es imposible saber qué mecanismo se puso en juego primero. Mito y personalidad en su camino de ida y vuelta interactúan en un interjuego continuo.[6]

Es fácil entender que el mito surge y se desarrolla en el mundo de las imágenes, las emociones y los símbolos, mucho más que en el de la racionalidad y la crítica. En el mito se incluye un conjunto de elementos (imágenes, emociones, símbolos) en parte encubiertos y en parte revelados, cuyos significados presuponen una interacción activa. Por medio de estos mitos el hombre ha podido a la vez expresar tanto su angustia como su esperanza.[7] El mito está dentro y fuera del psiquismo. Dentro de él es una organización mental. Fuera de él es una estructura narrativa nutrida de temas variados y cambiantes, que pertenecen a la cultura.[8] La verdad que el mito proporciona nada tiene que ver con los datos del positivismo; la información que nos proporciona es similar a la de la experiencia estética.[9] Para Eliade el mito descubre una región ontológica inaccesible a la experiencia lógica superficial, que pone al hombre “en una posición cosmocéntrica en la que afirma su trascendencia”.[10] La vida cotidiana se enriquece o se obstaculiza a través de la adaptación y la puesta en acto de los mitos históricos en la situación actual.[11]

Todo mito contiene un logos que “pide ser revelado o recreado”. Tiene en sí mismo un principio de interpretación.[12] La cultura humana se construye en base a un entramado de estas simbolizaciones y mitificaciones que ante todo expresan “el carácter no inmediato de nuestra aprehensión de la realidad”.[13] “Es, en un sentido amplio, un modo de representación indirecto y figurado de una idea, de un conflicto, de un deseo inconsciente”.[14] Se trata, en su conjunto, de patrimonio de la especie y no del individuo. Por eso, los mismos símbolos en los mitos aparecen en distintas regiones y en los ámbitos más diversos de lo humano: el arte, el sueño, el lenguaje, la religión, etc.[15]

Para Jones, el simbolismo de los mitos encubre los temas prohibidos[16]. Aquí entraría en juego la represión de que hace la cultura de ellos (en el mito represión y cultura coinciden). Y sobre los mitos en general se construye la relación con mundo exterior y la realidad toda.[17] Entre el simbolismo de los mitos y la fantasía existe una correlación estrecha. Según Susan Isaacs, las fantasías forman los contenidos primarios de los procesos mentales inconscientes; son éstas una realidad psíquica dinámica, viviente, regida por sus propias leyes, siempre en plena actividad. Constituyen una unidad elemental del funcionamiento psíquico y sobre ellas el simbolismo construye el mito. Media entre lo preconsciente y lo inconsciente, entre lo arcaico y lo evolucionado. Ella nos enfrenta a la ideología y a la cosmovisión.[18] 

La conciencia mítica es una dimensión estructural del hombre. Mito y símbolo se corresponden por naturaleza, siendo el mito el discurso simbólico por excelencia y ambos los modos con que la conciencia arcaica se explica el mundo. La comunicación simbólica por medio del mito implica una correlación ontológica y lingüística, pues la verdad mítica del sujeto se estructura en la palabra. Por lo tanto, la simbología del mito es siempre “vehículo de comunidad”.[19]

            Desde el punto de vista psicoanalítico, el mito es una creación destinada a resolver deseos, temores, conflictos, utilizando fantasías y símbolos. La mitopoiesis es la actividad de la imaginación a la que corresponde la creación de los mitos, desarrollarlos bajo la presión constante de motivaciones individuales y colectivas; esto es algo inherente a la existencia humana.[20] La indefensión, el vacío, el deseo insaciable y no saciado activan permanentemente esta capacidad creativa del hombre y fomentan sus fantasías de inmortalidad y completitud.[21] El arte (y será en el arte en donde el vampiro alcance su perfección como mito) en esto tiene un fin de conocimiento del interior y exterior del hombre. A través de él “se perfila el proyecto de construir un mundo propio, un nuevo orden significante; se afirma el propósito de aclarar las situaciones confusas o ambiguas. El sujeto se siente estimulado a una búsqueda activa de goce, provecho y seguridad, merced a la creación simbólica o la objetiva.”[22] Esto lo hace el hombre por medio de su creatividad, su capacidad para producir ideas, teorías o estructuras a partir de realidades prexistentes o potenciales. Las formas refinadas del arte se comunican con los sufrimientos cotidianos del hombre. Y por eso el arte existe, porque hay conflictos en el mundo que no pueden resolverse sino a través de él.[23]

            “El artista es tanto un conductor como un servidor de su época” (Stokes).[24] Su tarea tiene que ver con un pensar y un actuar con sentido de futuro, por medio de los cuales promueve iniciativas, cambios personales integradores y conjunciones originales, novedosos, al tiempo que se modifica a sí mismo. Su fuerza es el instinto insatisfecho, decía Freud. Por medio de la trasformación de sus impulsos en obra de creación (sublimación), éstos encuentran en la sociedad un lugar aceptable. Toda ars poética implica “superar la barrera interpuesta entre el yo y los demás”.[25] La obra de creación implica desorganizaciones y reorganización, su resultado final es “un triunfo de la vida sobre la muerte, de la salud sobre la locura”.[26] Mas la tragedia humana consiste en que estos impulsos y deseos humanos son ilimitados y en parte están interferidos y en parte son inalcanzables.[27]

            “La auténtica actividad creativa se afectiviza más allá de toda motivación del querer funcional.”[28] La creatividad es la forma de relación existencial del hombre con su medio, sí mismo y aquello que lo habita, funda, determina y supera.


[1] Citado en: Corra, Gustavo y Ricón, Lía (2005): “Mito y personalidad psíquica: ¿Quién estructura a quién?” en Mito y psicoanálisis. APA: Buenos Aires, p. 22

[2] Citado en Ídem

[3] Citado en Ibídem, p. 23

[4] Ídem

[5] Ibídem, p.  24

[6] Ibídem, p. 24 y 25

[7] Yampey, Nasim (2005): “Mito, simbolismo y creatividad” en Mito y psicoanálisis. APA: Buenos Aires, p. 29

[8] Ricón, Lía (2005): “Mito y saber” en Mito y psicoanálisis. APA: Buenos Aires, p. 41

[9] Ídem

[10] Ibídem, p. 49

[11] Ibídem, p. 48

[12] Yampey, N. (2005): Op cit., p. 29

[13] Ibídem, p. 30

[14] Ídem

[15] Ibídem, p. 31

[16] Ídem

[17] Ibídem, p. 32

[18] Ibídem, p. 32 y 33

[19] Ibídem, p. 33 y 34

[20] Ibídem, p. 34

[21] Ricón, L. (2005): p. 45

[22] Yampey, N. (2005): Op. cit., p. 35

[23] Ídem

[24] Ibidem, p. 36

[25] Ídem

[26] Ibídem, p. 37

[27] Ibídem, p. 36

[28] Ibídem, p. 37

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