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Recordando a Alemán

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Te recuerdo con tu uniforme blanco llegando de la escuela oliendo a verano, a hierba mojada, con la camisa revuelta y briznas pegándose a tu cuerpo tan delgado y despreocupado. (Había un río junto a tu secundaria y a veces saltabas la barda que te separaba de él para ir a cortar alguna rama silvestre o chapotear el pie en su playa límpida y serena.)

La tarde era contigo, en el patio de nuestras casas vecinas, una larga procesión de juegos que premiábamos con una sopa humeante, con un refresco de limón.


Y cada vez nos atrevíamos a conocernos más: rozabas ya voluntariamente tu cuerpo a mí o descansabas apoyado en mi hombro canturreando una melodía que me era entonces desconocida. Pensábamos prematuramente en el sexo; queríamos cumplir dieciocho años al fin para poder fumar y emborracharnos.

Recuerdo que tenías un lunar cerca del labio, y yo alguna vez me quedé mirándolo fijamente como se mira, de repente, un astro que no se puede tocar.

Y cuando jugábamos “escondidas” yo gustaba de esconderme en el mismo rincón que tú, para olerte de cercas. Y otra y otra vez, en la oscuridad, besé tierna y discretamente tu frente. Porque te quería.

Ah, heme aquí ahora, escribiendo de ti, casi por obligación, mediocremente, volviendo una vez más el rostro al pasado, a ese tiempo en el que sólo nos ocupábamos de crecer.

Ah, vida: collar de cuentas que se nos quiebra… Ah, vida: infierno en el que somos apenas una chispa que crepita para desaparecer.