Conocí a un muchachito temeroso de crecer que se refugiaba en la música de la melancolía, como bajo una sábana; con un pie deforme y enormes ojos como negros abismos donde nunca cupo la contemplación de las cosas que nunca tendríamos, ni la espesura de un futuro incierto, ni el asombro que deja adelante la orfandad.

Andaba por las calles sin medir vano acierto o error. ¡Qué emocionante era tenerlo a mi lado, compartir con él los cigarrillos, las deshoras, los paseos por esa lodosa ciudad que nunca nos dio una oportunidad y cuyos caminos nunca condujeron a ninguna certeza!

Cuando pequeño, una plancha descuidada cayó castigando su pulgar. ¡Cómo ha de haber llorado aquel bebé, cercano sólo a su propio dolor! A pesar de ello, eran sus pies lo que más me gustaba de él: largos, húmedos, olorosos a mocedad. Yo lo llamaba cariñosamente “El Patotas”; y solía oler sus pies, su calzado sucio, como hago con los frascos de Vaporub: impaciente, obstinada, viciosamente.

Siempre que abrazaba su espalda con mi diestra me encontraba a mí mismo en él; nuestra hermandad se difundía osmóticamente: compañeros implacables, traviesos inseparables, cómplices de la misma infancia alargada por mero placer.