Melancólico recinto abierto naturalmente
para recibir a la embarcación grande y a la pequeña,
para dar hospitalidad a los extranjeros que traen enfermedades,
costumbres extrañas y dejan un puñado de cobre
a las sigilosas mujeres que en el suelo
extienden sus muñecas de trapo, sus crucifijos toscos.
¡Qué algarabía de prosapias y tránsitos!
¡Qué ruido de silbatos y groserías de marino!

Adversaria la marejada que azotará el muelle,
desatará las lanchas que irán a zozobrar bajo un cielo gris
de estrepitosas y cobardes gaviotas
y dejará en las redes del paciente pescador pobre
un pez globo boquiabierto de perturbadores ojos,
un nudo de ponzoñosas algas.

Enemiga la tormenta haciendo flaquear las palmeras,
perdiendo los humildes tejidos de los techos en el océano
como una boca voraz abierto.

Áspero este lugar de los adioses,
donde los amantes ondean pañuelos blancos
y despiden los barcos que no vuelven.