Si muriera en este momento, nada,
nada en el mundo cambiaría.
Las olas seguirían golpeando las playas amargas,
la tormenta volvería a batir la selva oscura. E
l tornado se formará otra vez
en la misma planicie abandonada.

No alcanzo a ver el propósito
en la grandeza de tanta destrucción.
Repara en ello un momento,
observa el comportamiento de los animales bellos:
el lobo de la tundra, el cuervo elegante,
el tigre mendaz, la diminuta viuda negra.

¡La flor más exquisita es la más venenosa!

Con más rapidez que la débil progenie
se reproduce el predador nuestro.

Y no es suficiente la cueva a los que tienen miedo.
Tampoco el fuego alcanza a tibiar a la pobre familia
que un ojo inexorable, al acecho, vigila.

La enfermedad nos circunda.

Y el amor… –¿Qué es amor? –¡Su alcance nos destruye!

Después de su furia sólo quedan las ruinas,
la huella de su pie sobre el frágil heno,
el hocico de un cerdo que aún el corazón devora.
Y, en verdad, una cierta nostalgia mortecina
temblando entre los árboles, a mitad de la noche.