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«Poemas sin nombre, por Fermina Ponce» una reseña de Juan Armando Rojas Joo

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Te encontré en la X de tu nombre,
nací con uno y la desnudez me bautizó con el mío,”
Poema IX
b


Ha sido una maravillosa sorpresa recibir por correo el libro de la autora colombiana Fermina Ponce Poemas SIN NOMBRE (Editorial Oveja Negra, 2019). El asombro fue mayor cuando, después de abrir el sobre, descubrí el libro bella y cuidadosamente envuelto en papel, atado con un cordel que a su vez quedaba fijo con el sello de lacre de la autora. Mas la sorpresa no terminó ahí, al enviarle un texto a la autora para agradecerle el envío, ella contestó afirmando que “siempre que envía libros le gusta que la persona se sienta especial.”

Que mejor preludio para iniciar la lectura de una colección de Poemas SIN NOMBRE, una experiencia en que lo esencial no es nombrar más ir definiendo y reviviendo todos los momentos que los cuarenta y seis (XLVI) poemas ofrecen al lector. Quizás haya una historia, no me toca a mi decirlo, quizás haya miles de historias similares que han preferido callar, o no han logrado expresarse y evitan nombrar incluso el silencio. Y aquí está Fermina Ponce, dando voz y nombrando sin nombrar aquello que se nos ha enseñado a no nombrar. Así, en el poema III nos dice: “Me advirtieron que la finitud de los afectos está predestinada / a convertirme en estatua de sal… Me explicaron con dibujos de barro que la soledad se habita en compañía / y crece en los días sin sol,”. El siguiente verso rompe con el silencio: “¡Qué mentira más infame!” (17). A cada verso la poeta va abriendo las ventanas y se van iluminando los engaños de una sociedad que se ha dedicado a contener la voz y desnudez de los sin nombre: “Los negros de mi patria están heridos de olvido, / mis ancestros se revuelcan bajo lápidas de ébano. / Los viejos y los niños parecen esfumarse en la muerte innecesaria, …”. La belleza del canto reside en dar luz, iluminar, aquellos que se ha intentado ocultar o callar tantos siglos. Tal es que la poeta concluye el poema expresando: “¡Cómo duele esta noción de paz!” (22).

Y los versos van tomando fuerza, dando, a través de la poeta, voz a todo lo que nunca fue nombrado. Exigir que la poeta nombre es en vano, e incluso descarado. ¿Cómo podemos pedir que se nombre lo que nosotros mismo no hemos querido nombrar por temor a quedarnos sin nombre? La poeta se desprende, deja de sentir dolor, se ha curado, muere y resucita, se vuelve cenizas y “al día siguiente [tiene] que amanecer.” (31). La voz poética va tomando valentía, se va volviendo fuerte, a pesar del miedo, a pesar del dolor: “Llevo mi propio holocausto/ un cementerio de cenizas llenas de pérdidas tibias/ palabras ahogadas en cámaras de gases/ gritos arañados en las paredes con la madre de mis uñas/ y el dolor de mis dientes…” (34) Y cuando pareciera que se fuera a dar por vencida, sin poder respirar, aparece el poema veintitrés (XXIII) que con mayúscula fuerza se expresa, ha encontrado su voz: “(…) Mujer en la extensión de mi geografía diminuta/ no doblego ni flanco/ no hago trueques con mis versos/ mis fracturas bailan en las lunas/ encontré mi voz”.(38) La poeta ha encontrado su voz y dice adiós a “la agonía de su cuerpo delirante”: “¡A la mierda con eso que recetan los siquiatras!” (40).

Este poemario lo escribí al salir del hospital, me confesó la poeta en uno de sus textos, en el prólogo del libro el autor Enrique Patiño lo escribe con detalle, así que no lo repetiré. Resulta aún mejor examinar el poema cuarenta y cuatro (XLIV) en que la poeta, con impresionante fuerza, nos denuncia a todos por encubrir la verdad: “Mienten, todos mienten para ser esclavos de sí mismos…Mienten, todos mienten para obtener un lugar sin tener que hacer demasiado ruido…Todos mienten para crear un culto que suene bonito… para no tener que enfrentar la verdad’. (61) La poeta Fermina Ponce entrega una poderosa propuesta en Poemas SIN NOMBRE, definir, señalar y determinar, antes de nombrar. Reitero en mi agradecimiento por la oportunidad de leer la poesía de una autora que se ha atrevido, venciendo sus miedos, a ofrecer su voz, a ofrecer su canto, sin nombrar, para que tenga fuerza, mucha fuerza.

¡Y que siga la mata dando!

Juan Armando Rojas Joo, Ph. D.
Ohio, EEUU, a 14 de julio, 2022

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