Tengo miedo de este destino, que es el mío, y que no conozco. Tengo miedo del miedo, de la noche que se abre como una flor carnívora a devorar mis más tiernos pensamientos.

Estoy creciendo contra mi voluntad y la inseguridad crece conmigo. Y ya no sé si lo que digo es mi voz, o si es que la noche pone palabras en mis labios. Ella toma la forma de una hoz que siega las espigas del amor y corta los vientres para exponer nuestras vísceras.

Hay senderos que se pierden en la niebla de la alucinación, rayos de luna que bajan a apuñalarnos, patios donde agonizan las últimas palabras de la vida, sillones donde esperamos la extirpación de nuestro cerebro. Pero no hay nada que ella no organice.

No. No soy necesariamente animal de oscuridades. Yo quisiera desaparecer en una luz que engulla al universo. Pero este hábitat me fue impuesto por una voluntad a la que mis ruegos no alcanzan: ¡la de otro desolado!

Denme un charco para beber la calma, donde mojar mi frente que sólo quiere olvidar.

Denme una escalera para escapar al otro lado de la suerte.