Alguna vez no pude esperar a salir a jugar bajo el sol y ver al mundo en su todo su esplendor. Ah, traición del tiempo, calamidad del recuerdo.

Podemos llegar a conocer la dicha, pero nunca para siempre: un parpadeo… ¡y ya!  La estela de su paso es amarga como la muerte.

Antes había, en mi corazón abierto a las presencias, una huerta de hierbas aromáticas. Ahora sólo hay un árido paisaje donde el viento silba lamentándose.

He tenidos días buenos, largos meses tenebrosos. Pero mis años se miden por la rotación de la locura alrededor de mí. Vivo entre la tensión de saberme infeliz y la búsqueda de la altura necesaria en la que mi nombre brille siquiera como un astro mínimo. Y la busco en mis sueños despiertos, pero ello me enferma aún más.

Y lo que digo se vuelve contra mí como tábano rencoroso. Y mi futuro –lo sé bien– pende ya como una espada sobre mi cabeza.

Porque el poema no alcanza a decir lo que dice.

Y calla más de lo que quiero.