Siempre me atrajo el fuego. De niño solía aventar a sus garras toda clase de materias para mirarlas arder. Y confieso que más de una vez le entregué, tal vez como una ofrenda envuelta en afecto, algún animal vivo, por pequeño que fuera.

Yo a su lado me sentía enamorado. Mi corazón quería salirse de mí para calentarse en su cercanía. Era como un rapto su contemplación, como la sospecha de una verdad superior e inefable.

Pobre de mí: desamparado, tantas veces me quemé jugando en su aliento.

Lo veía como a un padre protector que podría ser capaz de destruir al mundo, si éste se interpusiera entre mí y la fortuna.

Ignoraba entonces que mi destino sería el de arder. Arder hasta que incluso mi nombre quedara reducido a un rastro de ceniza.