Bajo el sol nuestro amor es tan dichoso.
Suenan los cencerros,
locos,
y se pierden en lontananza.
¡Cómo amamos dejar un momento la obligación
para amarnos conforme la hora!

Nos saluda el río con sus palabras de niño;
“hola”, al pasar,
dicen los hongos;
y complacientes nos miran las nubes en su cercanía.
Radiante,
el aire entona una melodía juguetona
que despereza al pasto.
Todo brilla en su sueño calmoso.
Y al lago,
que duplica la frescura del cielo,
vamos a hundir los cuerpos sin ropa.

Las vacas regresarán solas.
Sólo es necesario
esperar sentados uno al lado del otro,
mientras la tarde de la luz se despide.

Otra vez caerá la noche.
Vendrá la tormenta;
vendrá el trueno que te hacen temblar.
Y mañana el campo estará lleno de lodo.

Pero nuestro amor,
como hace tantos veranos,
permanecerá el mismo.

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