Aquí estoy, solo otra vez. Mi casa, se diría, es un mausoleo: granito, columnas de piedra fría, toscas puertas permaneciendo impenetrables.

La neblina empaña los cristales y en ellas voy dibujando imágenes de gran ternura, como si tuviese a quién dedicarlas. Por largos momentos reina el silencio; luego se escucha el ulular de una lechuza y rechinan los goznes de las rejas. Pero sólo es el viento… El viento.

Miro por la ventana: potros inquietos quieren romper sus ataduras, mientras los perros ladran a invisibles presencias. Es invierno otra vez y, este año, se ha vuelto a descomponer la chimenea.

En otras casas, donde hay dicha, niños se han reunido junto a las nochebuenas para armar trenes de juguete que toleran y vencen al movimiento; los padres beben sidra, cenan suntuosamente. Los novios se atreven bajo el mantel.

Es medianoche ya; y fuegos artificiales, disparos, se escuchan en la cercanía.

Cansado, mi único deseo este año es que una bala perdida me alcance.