Coincidimos por accidente en la mesa de una cantina de mala vida. Me sentí atraído como sólo se es atraído por un victimario. Cuando él se fijó, finalmente, en mí, me reconoció: una presa tan fácil que incluso se puede congeniar con ella. Yo participé en ese juego tal como se está concebido. Le invitaba las libaciones, lo mantenía interesado.

Fui aproximándome sutil pero seguramente a su forma más profunda de practicar la camaradería. Perro al fin, reconoció mis bajos instintos. Primero fue una parte del cuerpo, luego la otra. Habiendo hecho la amistad, desde esa primera noche hicimos durante meses la lascivia.

Nos divertía el rito de los cuerpos que se rinden a la ligereza del alcohol y lo que éste gana para los sentidos los días de descanso. Yo lo buscaba con un ímpetu feminoide. Conquisté así su frágil probidad. Pero nunca un buen beso en la boca. Su corazón, tosco, aunque con algunas fibras nobles, no estaba hecho para contenerme: ese lugar lo ocupaban los vicios, la calle, el riesgo.

Luego de hacerlo eyacular, empezamos a bostezar estando juntos. La última noche, porque es más fuerte la cocaína que la virtud, me robó los últimos billetes que estaba dispuesto a apostar por él.

Fue casi un acuerdo mutuo. Su lugar en mi cama quedó a la espera de un nuevo advenedizo. ¿Cómo podría ser de otra manera a mis veintiséis años?