Vlad es una novela corta publicada originalmente en la colección de cuentos de misterio y miedo Inquieta compañía (2004),[1] que reúne seis cuentos en los que los seres sobrenaturales son los protagonistas. Éstos pueblan el tiempo de una manera que transgrede nuestras nociones ordinarias del mismo, causando una inquietud que acompaña al lector. En esta colección, los tiempos y los espacios son modernos, pero están ocupados por seres de otros mundos y tiempos, cuya mera presencia es un mensaje siniestro.

En el caso de Vlad, se reitera también otro tema tratado con anterioridad por Fuentes: el de la casa como escenario de irrupción de lo siniestro, tal como sucede en la tradición gótica norteamericana de la que Fuentes fue aprendiz, tópico que el autor había ya llevado a un alto grado de elaboración en Aura.Y es que Vlad (el mismo conde Drácula, que ha venido a México a cambiar de aires y de vida) habita entre nosotros en una mansión del tipo porfiriano en la Ciudad de México, en estado semiruinoso. Fuentes se solaza en Vlad con la descripción de estas casas o mansiones, por lo que Barchino Pérez comenta que esto podría tener también un fin irónico, dado que el tema de la vieja casona habitada por lo siniestro es un prototipo en desuso en la literatura de terror o fantasía contemporánea. La decoración de estos espacios es de aires góticos, con decoraciones que aluden a lo sombrío (como grabados del mexicano Julio Ruelas e imágenes del suizo JohAnne Heinrich Füsssli), como sucede en las narrativas de terror y misterio del siglo romántico. Por otro lado, Vlad se sirve en esta mansión de un criado contrahecho, Bongo, lo que recuerda al caso del doctor Frankenstein de la novela de Mary Shelley y sus rescrituras del cine popular y los dibujos animados norteamericanos. A esto, el crítico abona señalando que Fuentes utiliza en Vlad, a conciencia, otros elementos casi proscritos en la nueva narrativa de ficción. Todo lo anterior nos hace completar la representación del sesgo fantástico-paródico de corte histórico que en la narrativa de Fuentes, según Gambetta Chuk y Del Gesso Cabrera, se inauguraría en su obra con “Chac Mool” (1954)[2].

            ¿Y qué rasgos paródicos presenta en su caracterología este Vlad, este Drácula de Fuentes? Hagamos una reseña del mismo para ilustrar mejor sus referencias al vampiro de Stoker y a las narrativas góticas y de vampiros que parodia.

            Drácula se llama en Vlad conde Vladmir Radu. Habla de una manera decisiva, casi dictatorial, sin admitir respuesta o comentario: es autoritario. Inspira “terror y desapaciguamiento”. Mas su conducta y apariencia son teatrales. Su voz es untosa y profunda, una voz de “río arrastrando piedras” que en algún momento de la novela es calificada de “caricaturesca”. Su físico y vestimenta concuerdan en lo general con los vampiros góticos tradicionales. Es “alto, encorvado, con un viejo abrigo de solapas levantadas hasta las orejas y un sombrero de fieltro marrón con ancha banda negra, totalmente pasado de moda.”[3] Su rostro es blanco, a través del cual se trasluce una red de venas azules; su piel es transparente, helada y parece “vencida”. Es calvo y arrugado. Su mirada es honda y alerta. Sus ojos son muy negros. Luce un gran bigote ranchero, caído y sin forma, el cual esconde las expresiones de su rostro. Su cuerpo es extremadamente flaco. Sus colmillos parecen de marfil blanco y pulido. Su cuerpo es igualmente blanco como el yeso y, fuera del bigote, no tiene pelo en ningún lado: “es liso como un huevo”. Las cuencas de sus ojos, están vacías (no tiene ojos). Sus orejas son demasiado pequeñas y con cicatrices. Sus manos son elocuentes y las mueve con displicente elegancia, cerrándolas con fuerza abrupta. Sus dedos son igualmente pálidos y no desea en todo caso ocultar sus uñas como de vidrio, largas, trasparentes y anómalas. Su cabeza es enorme e irregular. Sólo tolera la luz artificial. Viste como un aristócrata o como un bohemio o artista: todo de negro, con suéter de cuello de tortuga, y mocasines sin calcetines. Usa anteojos oscuros, que son un verdadero antifaz para él. Usa una peluca ridícula (todo su personaje es más bien ridículo: cuando uno de los personajes principales, Navarro, ve al conde por primera vez piensa que parece un “fantoche ridículo”). Y su alimentación habitual no es ya la sangre cargada de simbolismos mágicos y literarios, sino más bien algo mucho más prosaico: las vísceras; hígados riñones, criadillas, tripas y pellejos ahogados en salsa de cebollas, condimentada al estilo europeo, en cuya receta, falta, sin embargo, el ajo. En cuanto a sus poderes, sólo se dice que es capaz de engañar escogiendo la apariencia de su edad, rejuveneciendo o haciéndose viejo a voluntad.

            La decoración de su casa es asociada con el pasado y lo sombrío. Ésta incluye terciopelo rojo y tesoros artísticos con un sello macabro (su casa de origen es igualmente señorial y data de la Edad Media). No hay espejos en ella. Antes de habitar su casa en México, el conde pide que clausuren todas las ventanas ya que, como señalamos, no tolera la luz del sol: cubre sus ventanas con cortinas de bayeta. Cuando duerme, lo hace en un féretro que a su vez contiene otro féretro acolchado del cual surge un hedor insoportable. Duerme allí con las manos cruzadas sobre el pecho, recostado sobre una almohada de seda roja. La ambientación exterior, por otro lado, durante ciertos momentos dramáticos de la novela, es la tormenta del cliché gótico.

            Por último, en cuanto a la historia del conde, éste proviene de Valaquia, perteneciendo a una de las razas vampíricas europeas,[4] lugar en donde era asociado por los reyes cristianos con una religión infiel. En vida, fue un empalador (como lo fue el histórico Vlad Tapes), que fue condenado por ello a ser enterrado vivo junto a un río. Allí, insepulto, permanece un tiempo comiendo raíces, ratas, murciélagos y otras alimañas, hasta que es encontrado por Minea, niña vampiro que le trasmite su condición vampírica por medio de una mordedura a la altura de la yugular.


[1] La novela Aparecerá publicada de manera independiente hasta 2010. Ibídem, pp. 7 y 8

[2] Gambeta Check, Aida Nadi y Delk Gesso Cabrera, Ana María (2013): “De Inquieta compañía a Carolina Grau” en Mito y fantasía: una vuelta al origen (Aproximaciones a la obra de Carlos Fuentes). Universidad Autónoma de Tlaxcala: Tlaxcala, p. 112

[3] Fuentes, Carlos: Inquieta compañía (2004). Alfaguara: México, pp. 215 y 216

[4] Éstas son, según la propia novela: Moroni, Nosfearatum, Usogi, Strogoi, Varcolaci, las cuales corresponden a los nombres que han recibido los vampiros según el lugar de Europa de acuerdo con los textos que sobre el tema se han escrito.