Nacer llorando, cubierto de viscosidades, sobreviviendo al propio cordón umbilical, en medio de un mundo que arrebata a todos la posibilidad de sólo respirar.

Crecer hasta alcanzar las espinas del rosal, la flama de la estufa para jugar con fuego y quemarse. Hasta entender que estamos más desamparados que un glaciar, que el futuro se nos va achicando a cada minuto como esas galerías imposibles de las fabulaciones de la infancia.

Sudar sangre por ganarse el pan de cada día; esperar; cumplir las sentencias absurdas e inexorables que la comunidad nos impone. Esforzarnos por agradar al próximo; cuidarnos del enemigo; dormir o embriagarnos para olvidar el dolor. Trabajar, trabajar la tercera parte de nuestra existencia, sin medir hora, distancia ni fatiga.

Envejecer. Sentir ajarse la piel con la espalda encorvada, cómo los huesos se van debilitando y la carne se afloja poco a poco en una renunciación. Perder el cabello, la apostura que tuvimos. Arrastrar los pies, la dignidad, el juicio.

Luego morir. Ser sepultado en la tierra fecunda de corrupciones; que los gusanos coman nuestro cuerpo putrefacto.

Todo en el parpadeo de un dios ausente e iracundo.