Samuel Domínguez

Te dije que aceptaras Rodríguez, pero Rodríguez ya no lo podía escuchar, ahí estaba todo tieso y lleno de moscas, con la mano hecha un puño sobre el pecho, con la boca abierta pelando los dientes y la mirada perdida en el cielo como buscando a Dios.

El sol comenzaba a calentar y los cuerpos empezaban a sudar, había llovido la noche anterior, y el teniente Pérez sentía como la humedad de la tierra se evaporaba y se hacia uno con el ambiente, se acordó del pronóstico del clima, 40 grados a la verga.

Te dije que aceptaras Rodríguez, pero Rodríguez dijo que no, que como iba aceptar eso, que eran chingaderas, no le gustaba ese pedo de ser policía y andar chingando a la gente, pedirles un moche para el chesco era una cosa, pero eso de llevar un montón de chamacos desnudos en la caja para darles cran en el cerro o tenerlos secuestrados mientras los golpeaban y los violaban esos cabrones del cartel, eso, era otra cosa.  

No tienes de otra Rodríguez, o aceptas o te va ir igual, nadie sale de esto cuando ya está dentro, solo hay una salida y ya sabes cuál es, piensa en tus hijos, piensa en tu esposa, deja esas mamadas de los valores, piensa mejor en la lana que te van a estar dando estos cabrones por hacer esos trabajillos, cumple con la entrega, además esos pinches chamacos no son unos santos que digamos, si nos pidieron que los quebraramos era porque también estaban metidos en la misma mierda que nosotros y puede que hasta peor. Y el Rodríguez alegando que podían ser sus hijos, que tenía que entender, que como iba a ser tan pinche insensible. Pues allá tú, no digas que no te lo advertí pinche puñetas.

Lo tengo que pensar, echó un suspiro y salió de la comandancia ya tarde, había sido un día muy largo, ríos de sangre en todos lados, niños violados, batos colgados de los puentes con narco mensajes y un sinfín de mujeres degolladas, cosa de todos los días, cosas sencillas a decir verdad, foto, foto, declaraciones y carpetazos, lo único que cambiaban eran los reportes que hacían llegar a Los Güeros y cargar con sus pedidos, sí, un día largo y tedioso.

Tomó un autobús que lo llevaría a Tepezcohuitlan, media hora para salir de la ciudad, media hora entre las palmeras, media hora en carretera a orilla del mar, cuando ya no había luz alguna, solo la del autobús y de los lancheros que iban a buscar cangrejos azules en cubetas hediondas a pescado, en días así odiaba la brisa del mar y extrañaba los fríos aires del norte.  

Tal vez no debió salirse de con los sardos, tal vez las cosas mejorarían y eso de ir a la sierra a quemar plantíos de marihuana pronto se iba acabar, pero cuando quemaban uno, después salía otro a 10 kilómetros, arriesgándose a toparse con esos morrillos sombrerudos con sus cuernos de chivos, morrillos pero bien que sabían cómo agarrar esas chingaderas. Tal vez pronto acabaría eso de ir a catear casas de los narcos, o las balaceras que se armaban en la carretera, tal vez no tendría a tantos compañeros muertos si no hubiera sido por esa estúpida ocurrencia de declarar guerras a lo pendejo, guerras donde no lo había,  ya estaba cansado de eso, por eso los mandó a la verga, pero su pinche mala suerte lo siguió hasta el sur, tan mala suerte que ya no tenía que ir hacerla de pedo a esos cabrones  sino que ahora ya casi casi era parte de Los Güeros, ya había hecho algunos trabajillos para esos weyes, ya era de ellos, porque haberle hecho eso a los chamacos que iban amontonados en la camioneta, era ser cómplice, ¿o no? Tal vez… todavía estaba a tiempo de mandar a la verga a esos weyes, tal vez Dios lo perdonaría por lo que hizo, porque no era su intención golpearlos y cortarles la cabeza, él solo hizo lo que le dijeron que hiciera, porque si no lo iban hacer con él o con su familia,  tal vez si iba con El Güero González y le decía que siempre no quiere estar con ellos, que se va a salir de la policía también para que vea que está hablando en serio  y tal vez si lo jurara por Diosito santo que está en el cielo o jurara por su madre que no iba andar de boca suelta, tal vez se tiente el corazón y no le haga daño, a lo mucho un cascaso en la cabeza y sería todo, sería libre y podrá irse a trabajar a la milpa, sembrar maíz, mangos o tomates, y los fines de semana se iría a la playa a buscar cangrejos azules para luego echárselos con salecita y limón, con una cerveza bien muerta bajo una palmera, o mejor aún acostado en una hamaca, oh sí, sería fantástico, sin preocupaciones, es lo único que necesita, paz y tranquilidad tan siquiera por algunos años.

Tan aliviado estaba cuando el mero mero le dijo que sí, que estaba bien, que no había problema, aquí se pueden ir cuando quieran, la pinche puerta está abierta para que corran como los chotos que son, nomas no andes de pinche hocicón o te va a cargar la verga, ¡órale hijo de tu puta madre! Caile antes de que me arrepienta. Rodríguez se dió la vuelta, y salió en chinga que no escuchó lo último que dijo: denle en su madre a ese cabrón y tírenlo donde ya saben.

La cagaste pinche Rodríguez, solo era cuestión de decir que sí. Pero Rodríguez ya no lo escuchaba, ahí estaba todo tieso y lleno de moscas, con la mano hecha un puño sobre el pecho, con la boca abierta pelando los dientes y la mirada perdida en el cielo como buscando a Dios.

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