Al despedirnos,
gustaba de poner mi cara cerca de tu corazón
y de tus brazos sentía un calor que no me molestaba.
Tu calor reposado
que sé que también guarda sus denuedos.
Era como el de un germinado
que crecía con la amistad de los elementos.

Un santiamén.
Pero entre la infinitud lo destacaría
incluso con palabas vedadas. La punta de un alfiler
donde cabían más de los ángeles pensados,
aleteando de dicha.

Luego, me imaginaba contigo
con mi cara en tu regazo,
solos en un cuarto donde las paredes gimieran
(pero ya no de dolor).

Ese recuerdo gusta custodiarme como lazarillo
cuando en oscuridad me desvanezco.

Quizá ya nunca me abraces.

Pero a lo mejor lo hagas
una última vez. Y yo caiga en tu pecho
como en un abismo sin fondo.

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