Tórcenez Ponce (Ciudad de México, 1966) empezó a pintar a los cinco años. Desde siempre estuvo relacionado con la creatividad. Trabajó como dibujante, decorador, modelista, escenógrafo, ayudante de muralista, carpintero, fundidor, albañil, actor, cocinero, cantero, rotulista y ayudante de pintor, entre otros oficios que le abrieron el camino para adentrarse posteriormente a la pintura artística.

En su caso, el tema antropológico y la danza fueron su pauta para empezar a crear. Su mente de niño era asaltada con preguntas; se cuestionaba acerca del significado de los rituales, de las ceremonias y la vestimenta de otros grupos humanos. Creció con un sentido aguzado de observación, primero por curiosidad, luego por necesidad. Fue necesidad también volverse danzante tradicional: “el alma me lo pedía, tenía que sentir ese éxtasis del contacto con el cosmos y la tierra, de danzar descalzo por horas y horas, de conocer rituales antiguos, perdidos, ocultos, de ser nombrado tlatoani, de tener visiones, visitas, contactos, trastornos, de enfermar, de llorar y de reír”, nos cuenta el artista. La danza lo llevaría a otras artes.

“En la búsqueda de la fórmula que me condujera a una realidad artística, busqué primero en el dibujo y la escultura, y tuve que entender que eso no bastaba para mí; y todo lo que había hecho y visto a lo largo de mi vida laboral me dio las herramientas necesarias para conjugar lo aprendido. Claro, no fue fácil encontrar la fórmula, pero al final se dio un equilibrio entre lo aprendido y lo descubierto.” Fue así como ese mundo interior que necesitaba expresión lo llevó a la pintura con la exploración de diferentes técnicas y estilos, hasta dominarlos y renegar de ellos. Fue entonces que volteó a los dibujos de niño y entendió que eso es lo que quería: contar las historias de esos pueblos danzantes, trasmitir sus historias, sentir su misma energía. “Encontré lo que siempre tuve a mi lado pero que no quería reconocer, y entonces solo tuve que hacer caso de lo que ellos me dicen y ayudarlos a contar sus historias, para todo el que quiera mirarlos, sin juicios, sin lógicas, sin soberbias, como un niño mira el cielo”, relata.

La pintura de Tórcenez mezcla las tradiciones antiguas con un visión mística y lúdica del presente. Su inspiración es estar en contacto con las mitologías y las leyendas primitivas, conjugando elementos de diversas procedencias para armonizarlos en su arte. Sin embargo, aunque se inspire mucho en la danza y la pintura ritualista, su arte no se limita a ello: “Pinto la vida en sí, todo lo que sucede con el ser humano es mi tema principal”, aclara el artista, que también está muy interesado en los temas sociales para nutrir su arte.

Este trayecto ha sido una gran aventura para él, pues, al no ser academicista y formarse de manera autodidacta, ha tenido retos altos, lo cual le ha permitido experimentar, buscar y documentarse más, sin conformarse con poco. “Yo siempre estoy en la búsqueda de la chispa que detone un nuevo universo dentro de mi trabajo”, nos dice.

Tórcenez trabaja principalmente el óleo, el acrílico y la acuarela para los cuadros. En escultura maneja el mármol y la cantera. También modela en barro y en papel maché. Y hace murales, escenografías, viñetas. Además de ser cocinero: tiene un restaurante de comida mexicana del que le gustar al pendiente.

En todo este camino, su satisfacción más grande ha sido la de poder contar sus historias y que la gente quiera coleccionar su trabajo. Contrario a otros artistas que han pasado por un camino difícil en su carrera, las cosas han sido benevolentes con Tórcenez. Consideraque el arte de la pintura es muy noble y te abre muchas puertas.

Radicando en la ciudad de Puerto Vallarta desde hace doce años ha encontrado un lugar acogedor, principalmente porque “el mar es inspirador” y “el ambiente es genial para los pintores”, pues hay muchas galerías donde aprender y donde exponer. Se retiró como maestro, tras veintisiete años enseñando pintura y formando nuevos artistas. Él admite que en Puerto Vallarta no existe el suficiente apoyo institucional al arte; aunque aclara que no se necesita: “no puedes ser artista y estar esperando que el estado te diga cómo y dónde ser artista”. El que es artista lo será en cualquier lugar y pese al gobierno. Del mismo modo, lamenta que el arte pictórico de la ciudad sea muy poco productivo y no haya debate ni presencia en la sociedad local, considerando que la ciudad es más bien un lugar de producción que un generador de estilo, a pesar de que ya empiezan a surgir grupos y algo de movimiento en la escena susceptible de generar un lenguaje propio del puerto.

Su trabajo, de un colorido orgánico, vistoso y tropical, lleno de dramatismo y pinceladas vitales, pasionales y pulsionales, en el que los atributos revelan lo mismo destreza que intuición, salvajismo y armonía al mismo tiempo, a medio camino entre lo representativo y lo abstracto, puede encontrarse en venta en las galerías Golden Section, Jim Demetrio y Centro Cultural Vallartense de tal cuidad. También puede contemplarse su trabajo en la galería del Centro Universitario de la Costa. Presentamos al lector algunos cuadros del artista.