Abandonado a la sábana de mayor fortuna,
sueñas en mi sueño
la entereza de una fruta;
y algo angelical, religioso,
acude a ordenarse al instante:
como si de tu frente naciera una estrella
y tus pies fueran lavados por leche.

Y cuando despierto,
el día bendice las horas
que paso delineando cada uno de tus cabellos,
tu rostro
en que la hermosura del niño y el hombre están juntas,
sin disputarse el trazo definitivo.

Eres algo que no podría compartir con nadie:
mi gotita de miel,
mi pedacito de oro.

Te busco como la madrugada busca cumplir su hora;
y te intuyo siempre dichoso,
ráfaga de fuego
para arrasar cualquier espíritu.

Cuando pueda estarte cerca
y tu cuerpo sea algo más que luz del pensamiento,
algo inabarcable como el mundo habrá declarado la paz:
confirmaré mi locura
y tú estarás completo ante la voluntad que te adora.

Serás la vida de verdad
u otra máscara de la nada.
Pero serás al fin mi igual.

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