Peor que arena en la boca,
la tempestad de estas horas… Y el corazón secándose
tiene la violencia inmóvil del cardo:
el corazón del que sufre porque ve y conoce.

Este desierto insoluble que sondeamos tan ávidamente
no es para compartirse en el delirio de amor…

Aun así, cavamos galerías profundas en él, como los topos.
Y en ellas vivimos como en una tumba,
uno contra el otro, para que no se fugue
el mínimo calor de los cuerpos.