Oh, cómo había soñado con el amor
y su toque de gracia.
En su ámbito quise caminar, tanteando las paredes,
con paso lento, pero seguro, directo a la salvación…

Su espacio imaginado
podía limar la aspereza de todas las piedras,
encarar lo oscuro sin petrificarse:
era inmune a la muerte.

No sabía entonces
que lo verdadero es lo que hay:
manos para trabajar hasta rompérnoslas,
pies para huir hasta inventar los caminos

y una cueva espantosa
para resguardarnos del miedo.