Si a todos nos duele la vida; si a todos mata
una duda, un amor, una alegría atroz.
Si la fruta se pudre y el trigo se acaba
y las rosas se agostan
y el niño crece y se vuelve ermitaño y hostil…
Quiero decir: si a doquier que volteamos
un cadáver se trasmuta para generar más vida
y la pezuña de la bestia va hollando la flor…

¿Qué somos junto al cielo al que no alcanzan las ansias
o a la tierra que se abre para dar paso al magma?
¿Qué es la música que nos distrae?

Nada. Nada valen ceremonias y concilios,
ni los bosques intrincados de los textos,
ni los empeños de la diligencia y la perseverancia,
ni las máscaras que usamos para medir la maldad.
Sólo nos queda llorar.

Llorar hasta florecer el peñasco umbrío,
hasta que el desierto vuelva a ser mar.
Llorar hasta subir en una marea lacrimal
y alcanzar la luna de hueso,
los astros girando en su perfecta órbita de vidrio,
y poder plegar en nuestro pecho
la punta de una estrella azul.

Hasta que peces multicolores jueguen en nuestros pies.
Hasta romper las presas, los diques, los muros
que separan y estancan
las aguas inefables de Poesía.

Hasta que la generación espontánea nos diseñe
un hermoso hábitat de tréboles náuticos,
anémonas radiantes, medusas con luz de neón,
y seamos como el delfín que tiene
memoria universal y alas
para nadar.