(Vuelvo a caer en las trampas de tu sonrisa.
Vuelvo a ceder al resplandor de tu oro amanerado…)

Aún no sé
si podré darte algún día
mi diminuto tamaño envuelto en el mapa de mi cerebro,
mis recortes de esperanza
y la puerta aún cerrada de mi recto camino al bien,
para que hagas con ello lo que quieras…

Tampoco sé
si bajo las mismas bóvedas incandescentes de tu altar,
sigues proyectando tu sombra sobre mí
o si es que para abrigar mis feminoides ocupaciones
la he creado a semejanza de mi anhelo.

Hay mañanas
en que me visto con leve túnica de celofán,
imaginando que camino hasta tu puerta
y me dejo quedar allí, frente a tu sorpresa,
como si fuese una canasta de frutas maduras de la estación
o algo mejor que apurarías en el desayuno.

No hay nada más cierto entonces
que la necrosis de mis ojos que no te ven prender fuego a mis linos,
una muñeca llorando espinas. Y el tacón roto.

Pero, para enfrentar la irrealidad
de éstas y otras insolubles ecuaciones,
no basta amarte aún más con lo que es compresible de mi sueño.

Basta animarme a decírtelo en voz baja,
con precaución
y junto a una vela encendida.