Home Arte Literatura La vampira Isabel de Carmen Boullosa

La vampira Isabel de Carmen Boullosa

0

En el libro Prosa rota (2000) de Carmen Boullosa[1] encontramos una “roja noveleta rosa” (como lo dice su subtítulo) acerca de una vampira ninfómana llamada Isabel. La narración combina la parodia, la acción, el juego metaliterario, el humor negro y la pornografía.[2]

            Aunque no se especifican las causas de por qué se volvió vampira, Isabel despierta con una sensación de “cruda” debida a su trasformación en vampira. Esta sensación incluye dolor de cabeza, nauseas y una sed desagradable.[3] Luego se sabe que la noche anterior había dado muerte a su novio, de quien bebió la sangre y de cuya carne comió, pues como vampira gusta además de la carne fresca humana.

            La vampira siente revolver sus tripas ante el recuerdo de la sangre y la carne.[4] Para alimentarle le se le han alargado los colmillos, con los que horada a su victimas con apenas don pequeños agujeritos que desaparecen por si mismos al cabo de poco tiempo (pues su propia salvia cicatriza milagrosamente las heridas), por los que bebe sorbos pequeños o bien bebe arrobada fluidamente hasta matar a sus víctimas;[5] regularmente, como el cliché lo indica, muerde en el cuello,[6] aunque bien puede morder otras partes del cuerpo. Es capaz de beber, sin embargo, la sangre de perros, gatos, palomas y hasta pericos;[7] así como calmar su hambre con embutidos de sangre de las salchichonerías, sangre refrigerada y sangre frita.[8]

            Su nueva naturaleza de vampira la convierte en ninfómana: pasa cada noche con un hombre distinto, teniendo un gusto particular por jóvenes hermosos. En su ninfomanía es de una lujuria frenética e insaciable. Llega a morder sus amantes durante el acto sexual para mamar tragos de su sangre,[9] y llega a matar a así a su amante en turno;[10] aunque a veces solo parece querer entregarse a los hombres en una actividad sexual apasionada y desenfrenada (el vampiro no rechaza los placeres del cuerpo porque “de hecho son lo único que él tiene”[11]).

            Naturalmente, una vez convertida en vampira, duerme de día y vive de noche, teniendo que modificar lo que alguna vez fue su vida. Trabaja como investigadora de tiempo completo; y su nueva vida se le facilita por tener algunas reservas de dinero heredadas y ser propietaria del departamento que habita.[12] No come, pero sí bebe vino.[13] Y demuestra una naturaleza bisexual al seducir carnalmente a una amiga,[14] a quien trasforma en vampira. Su amiga sufre malestares parecidos al volverse vampira: duerme durante días mientras sucede la trasformación, siente mareos, repulsión por la comida y atracción por la sangre cruda de la carne refrigerada, que bebe ávidamente.[15]

            Es interesante notar cómo en esta novela se asocia el vampirismo con la peste, algo que era común en el imaginario de la gente durante la época clásica de la creencia en el vampirismo en Europa, cuando se pensaba que los vampiros eran propagadores de la peste; de hecho, las grandes epidemias de peste coinciden entonces con la fiebre en la creencia en vampiros.[16] Isabel, aunque no se explica por qué, y aunque ella no tiene en sí misma la bacteria de la enfermedad, produce una epidemia de peste en su ciudad, y luego en cualquiera de las ciudades a donde viaja. Esta relación del vampiro con la peste es misteriosa y parece no tener causas naturales (“Es más, sin pulgas, sin ratas, sin Pasterulla pestis, un vampiro trae peste a toda una ciudad.”)[17] A causa de la peste asola las ciudades sembrando la muerte masiva.   

            Como dicta la tradición, los vampiros en esta novela pueden ser combatidos si se les clava una estaca en el pecho, o se les lleva a enterrar al cruce de dos caminos.[18] A pesar de la irreverencia en todo el tono de la novela y de su cariz juguetón, la filiación a la tradición sigue siendo reconocible también en otros aspectos, como la intertextualidad con Drácula en una línea que funciona como guiño (“Escuche… son los hijos de la noche. ¡Qué hermoso concierto!”)[19] y en viejos tópicos actualizados como el del caballo que reconoce la tumba de un vampiro.[20] Así también se reproduce una escena de aniquilación muy clásica: Tere, la amiga de Isabel, acude al panteón a localizar la tumba de Jaime, el novio muerto de Isabel que también se ha vuelto vampiro, abre con sus largas uñas de vampira el empaque de plástico que cubre la tumba y encuentra su cuerpo incorrupto, realizado luego el viajo ritual de la estaca que atraviesa el corazón del vampiro.[21]

            Como seres sobrenaturales los vampiros igualmente no se reflejan en los espejos,[22] pueden ser reconocidos en su sobrenaturalidad por los caballos,[23] son obedecidos por los perros,[24] y, en este caso, pueden volar por los aires.

            Con un deseo de redención, de dejar su naturaleza de vampiro ligada a la muerte y la destrucción,[25] por haberse vuelto a enamorar de un mortal, al final de la novela Isabel intenta combatirse a sí misma con crucifijos, ajos, rosas silvestres.[26] Desesperada, escoge morir decapitada, por lo que pone su cuello en el marco de una ventana y la deja caer sobre su cuello, lo que le arranca la cabeza de un tajo[27] (la vieja decapitación ritual del vampiro, otra de las formas clásicas de terminar con él).


[1] Boullosa, Carmen (2000): Prosa rota. Plaza & Janés: México, pp.166-260

[2] Si según el Diccionario de la Real Academia Española (consultado en: http://dle.rae.es/?id=ThYXkZ3), la pornografía es: “1. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación” y “3. Tratado acerca de la prostitución”, los pasajes de contenido sexual explícito de esta novela pueden ser calificados como tales.

[3] Ibídem, p. 175

[4] Ibídem, p. 179

[5] Ibídem, p. 191, 194 y 195

[6] Ibídem, p. 191

[7] Ibídem, p. 134 y 250

[8] Ibídem, p. 250

[9] Ibídem, p. 192 y 193

[10] Ibídem, p. 195

[11] Ibídem, p. 223

[12] Ibídem, p. 201

[13] Ibídem, p. 204

[14] Ibídem, p. 206

[15] Ibídem, p. 216

[16] Sánchez- Verdejo Pérez, F. J. (2004): Op. cit, p. 365. A lo largo de la tesis, se establecen varias posibles relaciones de la peste y la creencia en vampiros. Icónicamente, esta relación del vampiro con la peste es representada en el clásico cinematográfico Nosferatu (1922) de F. W. Murnau, adaptación y ¿plagio? de Drácula: cuando el vampiro llega a Londres, disemina la peste por medio de una legión de ratas. Lo que repite Werner Herzog en su nueva versión del filme, Nosferatu, el fantasma de la noche (1978)

[17] Ibídem, p. 214

[18] Ibídem, p. 218. La intención de enterrar al vampiro en el cruce de dos caminos es la de confusión del mismo; su sentido es que el vampiro no sepa qué camino seguir si sale del entierro. Cfr.: Olivares Merino, E. M. (2006): Op. cit., p. 210

[19] Ibídem, p. 220. Se trata de una cita textual. El pasaje original puede considerarse también emblemático de Drácula y ha sido representado en la versión cinematográfica de Coppola. Cuando Jonathan Harker es recibido por el conde Drácula en su castillo, se extraña del silencio de los alrededores, en el que únicamente se manifiesta el aullido de numerosos lobos. Sólo que en el caso de Isabel se trata de perros que, por haberse vuelto más salvajes por comer tanta carne de cadáveres, se comportan como lobos. Cfr.: Stoker, B. (2011): Op. cit, p. 33

[20] Boullosa, C. (2000): Op. cit., p. 222

[21] Ibídem, p. 222-227

[22] Ibídem, p. 233

[23] Ibídem, p. 221

[24] Ibídem, p. 229

[25] En este sentido, son muy elocuentes las palabras del monólogo interior de Isabel ya cerca de su final, presa de la autoconciencia y el remordimiento:

      Soy la muerte. Soy la destrucción. Mi cuerpo es el fuego, el terremoto; el eclipse que anuncia los desastres, la aparición de los desastres… Mi sudor trae hambrunas. Mi sangre menstrual, la enfermedad incurable. ¡Cuando lloro, mis lágrimas hieden a agua estancada!

      Yo soy quien lleva la peste. Por mí murieron uno a uno, y casi todos, los habitantes de mi ciudad. Cuando me cambié a San Francisco también llevé la peste. Y a Roma, la ciudad redonda, y a Nueva York, como el bárbaro que lleva la muerte.

      A otros los he matado para tener carne en mi boca. O les he sorbido la sangre. Me he nutrido de ellos. Esos muertos son vida, vida vigorosa, y me confieren vida a mí.

      Si sentí ser una diosa, de aquellas que vivían con los antiguos, por necesitar arrancar corazón y sangre ajenos para darme vida, ahora siento la aberración de ser lo que soy…

      Un corazón puebla ahora mi cuerpo…

Ibídem, p. 250 y 251. Las cursivas son originales.

[26] Ibídem, p. 255 y 256

[27] Ibídem, ´p. 258 y 259