Él tenía ya trece años; y yo era menor. Pero a esa edad un par de años de diferencia puede significar mucho, muchísimo: la capacidad de sentir un orgasmo. Él hacía cosas que a mí me gustaban, cosas que ahora no recuerdo pues ya no me importan. Y sus músculos eran repentinamente anchos; y su vientre, cuadrado. Sí: cuadrado.

No sabía lo que sentía por él cuando, disimuladamente, lo veía orinar en los baños de la escuela. ¿Una descarga eléctrica ligera?

Bien. Quería simplemente que me mostrara su dureza.

Yo cambié por él de compañías. Cambié mis shorts de algodón por pantalones de mezclilla. Mi nombre por un apodo insinuante. Y la estación de radio que escuchaba por grabaciones de rock frenético.

Y luego él me enseñó expresiones obscenas… ¡Por lo menos!

¿Qué por qué escribo de él? No lo sé. ¿Porque aún llevo su en mis ojos su imagen escultural de algún modo indeleble? O quizá porque añoro esa edad, no dorada, sino blanca como el semen, en la que es enteramente posible que instinto sexual y amor sean la misma cosa.