A veces imagino: no, no imagino:
lo vivo afuera de este mundo:
yo y el hombre al que no he amado
repartiéndonos el mundo en un par de copias semivacías
ya antes desbordadas por el rubor.
La mesa sin flores. Mas todo lavado debidamente
para saludar al amor apenas llegado,
trinchando la carne de un beso, uvas
que habíamos aplastado contra el vientre.
No más. El vino estaba agrio.
Y al fondo circulaba el odio.
(Ya no el miedo…)

Así nos conocimos. Así platicamos:
tu darías otro rostro a la oscuridad esplendente
de mi juventud. Yo guardaría de ti
una imagen clásica, deformada,
en el pañuelo.

Algo sin mayor heroísmo. Simple, sencillo;
como lavar los trastos, como un suspiro,
como pasar la hoja de la agenda
y descubrir el día
en que alguna vez,
antes de cualquier nuevo accidente insuperable,
habíamos decidido finalmente con dureza,
acorazarnos, como un armadillo, en la muerte.