Hurtando –qué alevosamente– el escaso nutriente del niño famélico, la tenia es la cuerda, el látigo interior para ahorcar y castigar pobrezas: cinta de un regalo que es la consunción.

Propagada por la mierda, es del hombre secreta compañera. Invasora campeando en sus tripas, en el sigilo de una miserable labor y el asco de sus maneras, en su tenaz soledad es completa: sin necesitar amor o sexo, se replica a sí misma para infestar mezquinamente al mundo. Los cerdos son sus aliados en ello: darán su carne para cerrar, en otro infeliz, el ominoso círculo.

Y sus larvas carcomerán sus ojos, el cerebro. Forzarán convulsiones sin mística.

Ingenuo, el albergador no sospechará que su oscuro huésped mide ya cuatro veces lo que él.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí