Desde el fondo del corazón estoy hablando. Digo que faltan muchos días para ser feliz, si es que podré serlo algún día. Digo que quisiera encontrar el hilo negro de todo esto, para tener con qué ahorcarme.

A tientas reconozco mi cuerpo adolorido y… no, mi tacto no me engaña: no hay heridas por donde pueda fluir apaciblemente mi sangre que sólo necesita descansar.

Y me doy cuenta otra vez: tan sólo soy un mecanismo descompuesto, producto de una inestabilidad química que no alcanzo a comprender.

Loco, inspecciono las habitaciones, golpeándome con cada cosa que tontamente creo mía: camas como sepulcros abiertos que me invitan a hundirme en su regazo, sillas que son disecados cuadrúpedos, espejos que proyectan sólo desilusión, libros que me desordenan aún más. Pero no me encuentro. Ni encuentro el lugar donde me perdí.

Esto, en verdad, es una hecatombe. ¿Para qué nacer así, tan expuestos, tan indefensos? ¿Para qué la enfermedad, para qué la muerte? ¿Por qué el suicidio es tabú, si hace tanto bien?

Escasean las respuestas. Pero lo único que se necesita es más, mejor vida.