Estoy atado de corazón a un silencio rebelado en palabras que me dinamitan. Porque esa es mi muerte soñada, la única posible de atesorar en este vacío que ellos llaman vida. Es el teatro de la tragedia, que estruja más cuando sabes que es tan verdadero: la mentira hace realidad. 

Pensar el cese absoluto puede ser bello como una épica. Pero no puedo lanzarme de una altura en que no estoy. El romanticismo de las venas que tributan su magma sombrío requiere un instante de brillo que no poseo. Las pastillas para dormir son opción viable. Pero la eyaculación del ahorcado tienta ya como un íncubo.

La noche acrecienta la tos del enfermo. Y algo me llama al fondo de mi entraña, a vomitarla. Y es que si no se puede ser hombre, encoleriza que lastimen con más azotes al niño que llevamos dentro, y que es la voz natural del loco. (Quisiera que este poema fuera la guillotina para exhibir mi cabeza aturdida, como trofeo obsoleto…)

Se abrió sola, elegantemente, la puerta grande para dejar pasar al Diablo a reclamar al niño que el mundo había arrojado. Pero estoy triste sin remedio. Porque me dejé engañar por el Diablo por amor.

Caigo en un abismo en el que las lágrimas se congelarán sin jamás tocar fondo.