Hubo una edad en mí en la que todo se me ofreció: ya lo dije. Se me ofreció la descomposición de la personalidad y asentí. Asentí como el niño que piensa que en el dulce envenenado está el sabor eterno de la felicidad.

No sé si soy un fruto inmaduro que han tirado del árbol a pedradas por mero descuido y al que obviamente desprecian; o algo que se vio obligado a crecer desesperadamente y así alcanzó las dimensiones de la deformidad. Pero aún con torpezas o amputaciones podemos aprender a volar, más tarde que temprano: a volar dentro de una jaula.

¿En dónde me estoy ahogando? ¿En océanos de ácido animal que yo mismo me he inventado? ¿O en los fluidos residuales de una catástrofe mayor, anterior a mi cuerpo envejecido prematuramente? Sí, estoy escribiendo por escribir. Y todo está bien. Y está bien porque está mal.

¿Dónde, para matarme, está mi centro? ¿En mi cerebro cuyas frecuencias son los altibajos de la psicosis? ¿En mis poemas que son nuevas razones para seguir siendo acosado? ¿O en mi corazón que, en el límite del acantilado, no sabe hacia qué lado seguir caminando?

Hay que hablar. Porque tenemos la palabra. Y la palabra es el soporte del pensamiento. Y lo demás… Pero quizá no haya modo alguno de realizar el futuro así.

O quizá sea necesario hablarlo de otra manera.