¿Qué habrá sucedido en lo alto que la mañana se nos ha atiborrado de hielo, que tengo miedo de salir a la calle y ser apedreado por el cielo hasta sangrar?

El cielo se ha endurecido y cae a pedazos rompiendo los tejados, los cristales de las panaderías, aplastando la humildad de los huertos caseros, destrozando los adornos de temporada como a baratijas inservibles.

Y por si fuera poco… el viento nos da bofetadas en ambas mejillas y, augusto –como si trajera un funesto anuncio–, va tronchando las copas floridas de los árboles. Las hojas de periódico abandonadas en la calle se revuelven de una forma que eriza la piel, las palomas refugiadas en los nichos de la catedral tiemblan de turbación. Chorros densos de agua helada están haciendo mella en todo este día solitario y gris. Niños y ancianos son descalabrados por una furia que nos viene de arriba, a la que no pueden reprochar.

Pero en vano es mirar hacia las alturas con cara de desamparo, como pidiendo indulgencia.

Porque el ojo del sol se ha nublado para no ver.